UN ENCUENTRO INEXPERADO 2

Con suma suavidad y delicadeza, me depositó de espalda sobre las sábanas de seda, y cayendo sobre mí, entre mis piernas bien abiertas, empezó a moverse impetuosamente, penetrándome con embistes largos y profundos, acelerando de a poco, hasta llegar a mantener un ritmo por demás frenético y agresivo, constante, maravillosamente fluido.

Yo me abría toda para él, me entregaba en cuerpo y alma, dejándome atravesar hasta donde me llegara, suspirando complacida cada vez que la sentía golpear contra las paredes de mi útero.

Ahora, con el rostro desencajado, poseído por una pasión perversa y enfermiza, el doctor se apoyó en sus manos y empezó a darme con todo, remeciendo toda la cama con esas furiosas embestidas con las que parecía querer romper el conducto principal de mi cuerpo y sacármela por el otro lado.

La madera crujía a causa de sus desaforados movimientos, y yo gritaba y me retorcía debajo de su cuerpo, aunque no quería que se detuviera. No estaba dispuesta a pedir clemencia por más que me estaba destrozando.

Fuera de sí, me levantó las piernas, se calzó mis tobillos sobre los hombros y me colmó con una nueva andanada de metidas y sacadas, haciéndome arquear la espalda para recibir todo ese bendito volumen que tanto me complacía.

Entonces, en uno de esos tantos ensartes, me la dejo adentro y acabó. Por un momento quiso sacármela, pero enlacé mis piernas alrededor de su cintura y lo retuve dentro de mí, justo cuándo estallaba y se disolvía en una forma por demás espesa y caudalosa. Deliciosamente desbordante.

Arqueé todavía más la espalda y empujé mi pelvis aún más contra él, dichosa por sentir ese bálsamo caliente filtrándose por cada recodo de mi sexo, prodigándome un sinfín de tormentosas y húmedas sensaciones.

Desde aquel punto de implosión, el placer más tórrido y salvaje se extendió hacia cada punto cardinal de mi cuerpo, glorificándome, conmoviéndome casi hasta las lágrimas.

Él también se estremeció y me agradeció haber sido tan solícita y receptiva para con él.

Luego me la saco, y nos tendimos el uno al lado del otro, casi sin resuello.

-Lamento que hayas perdido tu reunión- le dije entonces.

-Perdería todas las reuniones del año por disfrutar de un momento como éste, sobre todo con vos- me aseguró.

Y entonces, acusando todavía en su organismo, las reacciones del placer reciente, me hizo, al igual que mi jefe en su momento, una de esas propuestas que resultan muy difíciles de rechazar.

Me propuso hacer un viaje, un crucero de placer.

-Me gustaría mucho- le dije –Pero… soy casada y tengo dos hijos, me sería imposible ausentarme por tanto tiempo-

Me pidió que lo pensara y le dije que lo haría, aunque desde ya la negativa era inevitable.

Y tras ese breve respiro que nos habíamos tomado, volvimos a besarnos y a acariciarnos con intensa emotividad, poniéndonos en clima una vez más.

Sin dejar de besarlo, le agarre la pija con una mano y la sacudí suavemente, sintiendo enseguida la inmediata erección.

Entre mis dedos la pija de Enrique se alzó hasta llegar a ostentar ese tamaño con el cuál ya me había regocijado antes, un tamaño que superaba con creces lo que podríamos definir como normal.

Las venas volvían a marcarse sobre la aterciopelada superficie y la cabeza volvía a encenderse y a inflamarse en esa forma que desbordaba cualquier límite.

Igual que antes en el sofá, me incliné sobre ella y me la metí en la boca, volviendo a disfrutar de ese sabor que ya constituye una obsesión para mí, sabor a hombre, a macho, sabor a pija bien dura y caliente.

Me la comía toda, mojándola con mi saliva, para resbalar sobre ella, por todo ese fascinante contorno que se endurecía cada vez más, que se alzaba imponente y majestuoso, llenándome hasta la garganta con cada centímetro.

Me la metía y sacaba de la boca, la besaba, la chupaba, la sorbeteaba, la lengueteaba, la mordía, la deslizaba por sobre mis labios, la retenía por un largo rato adentro, jugando con ella, sorbiendo los juguitos que ya comenzaba a destilar espesamente.

El doctor Enrique G., bufaba excitado, se agitaba sobre la cama, haciendo el mayor esfuerzo por controlar a las fuerzas de la naturaleza que ya amenazaban con explotar otra vez, una vez más.

Yo estaba echada sobre su vientre, de frente a él, con las piernas bien abiertas, brindándole una detallada panorámica de la mamada que le estaba prodigando, de modo que sin quedarse expectante, el doctor me metía los dedos en la concha, los humedecía con mis propios fluidos íntimos y luego los retiraba para chupárselos con evidente avidez, todo esto mientras yo seguía devorándole la pija hasta la raíz, comiéndomela con pelos y todo, succionando con más frenesí a cada momento, haciendo de aquella tirada una sensual e incitante ceremonia.

Cuándo me di cuenta que ya no podría seguir sin correr el riesgo de que acabara antes de volver a disfrutar de tan pródiga dureza, la solté, le di un último beso entre las bolas y me le subí encima, guiando mi excitada conchita justo hacia esa lanza amorosa que estaba en su máximo fulgor.

Me la acomodé en el sitio adecuado, allí en donde era tan bien recibida, y me deje caer con todas mis ansias, mandándome para adentro cada pedazo de verga, disfrutando de ese trepidante deslizamiento que renovaba en mi cuerpo y en mi alma las emociones más intensas y agobiantes.

Eché la cabeza hacia atrás y solté un complacido suspiro, casi un bramido, me pellizqué sensualmente los pezones, y empecé a moverme en forma rítmica y precisa, sintiendo muy dentro de mí los espasmódicos estremecimientos de esa terrible barra de carne que me desquiciaba y abrumaba.

Decidido a participar activamente el doctor G., tomó mis pechos entre sus manos y me los amasó, a la vez que impulsaba sus caderas hacia arriba, llegándome de esa forma hasta lo más profundo, haciéndome sentir que la punta de su hermosa pija me rebotaba contra la nuca.

La sensación que me proporcionaba no podía ser más placentera. Un verdadero derroche de sensualidad y excitación.

Lo cabalgué durante un buen rato, con todo mi entusiasmo a flor de piel, dejándome llevar por ese torbellino de sensaciones que me atrapaba y me revoleaba por los aires.

Los gemidos se intensificaron, a la vez que nuestros cuerpos se encendían y estremecían buscando un nuevo goce, una nueva disolución.

-¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii... siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii... así... ahhhhhhhhhhhhhh...!- me conmovía yo sintiendo ya la inminencia de tan anhelada explosión.

Los dos aceleramos. Yo de arriba y él de abajo, yo cabalgando más fuerte, él empujando con todo, cogiéndonos salvajemente, dando todo de nosotros, enloqueciéndonos, desfalleciendo de placer.

Más fuerte, más fuerte, más, más, cada vez más fuerte hasta que... ¡ahhhhhhhhhhhhhh!... sentí un borbotón en mis entrañas, un maremágnum de emociones que me arrancó el alma de cuajo y me envolvió en una fragante y extática agonía.

Me derrumbé sobre él, como desmayada, apoyando mis endurecidas tetas en su pecho, y me quede un buen rato ahí, sintiendo como la leche buscaba en mi interior su propio cauce.

Entre plácidos suspiros jugamos con nuestras lenguas, mordiéndolas, chupándolas, disfrutando hasta el último segundo de ese polvo magnífico que nos acabábamos de echar, derritiéndonos el uno en los brazos del otro.

Luego me tiré a un costado, sintiendo como la leche que recién me había eyaculado adentro fluía espesamente hacia fuera, y charlamos un rato mientras reponíamos energías.

Volvió a insistirme con lo del crucero, diciéndome que le gustaría cogerme en una ciudad distinta cada día, a lo que le respondí que lo pensaría, aunque sabía que me sería imposible tal invitación por más tentadora que fuera.

Luego nos fuimos a dar una ducha, juntos.

Debajo del agua nos abrazamos y besamos con desatado fervor, hasta que, como si nada hubiera pasado, al doctor G., se le volvió a empinar la pija.

Se la agarre y se la froté, sintiéndola cada vez más dura, hasta que me dijo que quería pedirme algo.

Pensé que quería cogerme de nuevo, culearme o que se la chupara, no sé, estaba preparada para decirle que sí a cualquier cosa que me pidiera, pero lo que me dijo me tomó absolutamente por sorpresa.

Quería mearme, si, mearme encima. Orinarse encima de mí. No soy una experta en tales cuestiones, pero sé que hay gente que encuentra placer orinando a otras, y el benemérito doctor G., era una de ellas.

Por un momento no supe que contestarle, pero estaba tan entusiasmado al respecto que termine aceptando tan inusual petición.

Me tendí de espalda en el fondo de la bañera, me abrí de piernas, y con él parado encima, esperé que diera vía libre a su peculiar antojo.

Se agarro entonces la pija, la sostuvo en alto, apuntándome directamente a los pechos, se la sacudió un poco y... empezó a mearme, soltando sobre mi cuerpo una caudalosa y confortante lluvia dorada.

En un principio pensé que me iba a resultar desagradable, y hasta revulsivo, pero no, tampoco era la gran cosa, prefiero que me acaben encima, que me tiren toda la leche en la cara o sobre los pechos, me resulta más placentero, pero esto no estaba del todo mal, además el doctor lo disfrutaba y eso era suficiente para mí.

Ver sus gestos de placer mientras me pillaba encima me complacía como si en verdad disfrutara de ser meada.

Cuándo paró el chorro, se la sacudió y soltó las últimas gotitas de meo sobre mi cara. Entonces se la agarré con una mano y empecé a frotársela con renovado entusiasmo.

-Yo también tengo mis caprichitos- le dije y me puse a chupársela, ávida, furiosamente.

Dentro de mi boca la verga del doctor G., se endureció igual que antes, así que aceleré aún más el ritmo de la mano y de los labios, sintiendo como se entumecía, y crecía, y engordaba, y empezaba a estremecerse.

Las bolas también se hinchaban, sus piernas se tensaban, y sus jadeos se intensificaban, y yo que seguía mamándolo con todo mi entusiasmo, decidida a darme el gusto también.

Chupé, chupé y chupé, hasta que explotó, y la mantuve adentro aún cuándo sentí el primer lechazo disolviéndose en mi paladar, tragándome todo, absolutamente todo lo que derramó en una cantidad bastante pródiga considerando sus acabadas anteriores.

Me la saque de la boca y me relamí gustosa, sonriéndole complacida, sellando de esa forma una tarde memorable, de esas que se viven muy de vez en cuándo, pero que cuándo se tiene la suerte de experimentar no se pueden olvidar jamás.

Luego me alcanzaría hasta mi casa, en donde me despedí de él con un beso por demás apasionado, sin sospechar siquiera que más pronto de lo imaginado volvería a tener la oportunidad de saborear su esencia íntima.

Así que atentos al próximo relato que no tiene desperdicio.

Besos para todos.

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