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TANYA Por DG Tanya era una hermosa joven de 19 años. Había crecido en una granja y nunca en su vida había usado zapatos. Las plantas de sus pies eran duras, ásperas y correosas, y sus pies tenían una forma natural, perfecta: largos, delgados, de arcos pronunciados... sus pies eran realmente atractivos y sensuales. La muchacha era una pobre campesina huérfana que vivía sola en la granjita que había heredado al fallecer sus padres en un accidente. Se levantaba al amanecer y se acostaba muy tarde. Trabajaba todo el día en la granja, ordeñando a las vacas, sembrando, regando, cosechando. El trabajo duro la convirtió en una muchacha delgada pero fuerte, y sus pies se hicieron resistentes y hermosos. Podía correr sobre grava y trepar por las rocas con los pies desnudos sin problemas, y como no poseía ni un solo par de zapatos sus pies tenían que soportar el suelo extremadamente caliente del verano y la nieve del invierno, a lo que estaban acostumbrados. El día de su decimooctavo cumpleaños y luego de una temporada especialmente mala, en la que perdió la cosecha completa por culpa del granizo, hambrienta y con ropas raídas, Tanya decidió abandonar la granja e irse a la ciudad en busca de mejores oportunidades y horizontes. Siendo una chica pobre su falta de educación le dificultó conseguir trabajo, por lo que tuvo que mendigar en las calles limpiando parabrisas en las esquinas, cuando los autos se detenían en la luz roja del semáforo. No era gran cosa, pero al menos le alcanzaba para tener algo de comer. El pavimento áspero de las calles era cruel con las plantas de Tanya, más aún que el suelo del campo y que la grava. A veces hasta tenía que pararse sobre las tapas metálicas de las alcantarillas mientras limpiaba las ventanas de los autos. Esto era especialmente difícil para la muchacha puesto que durante el invierno el metal estaba helado y en el verano se calentaba tremendamente y Tanya sentía como si estuviese parada sobre una plancha eléctrica, pero tenía que aguantárselo ya que este era su único trabajo y su único medio de subsistencia en la cruel ciudad. La chica notó que los pasantes notaron que sin importar el clima o la estación del año ella nunca usaba zapatos, y que siempre le miraban los pies. A veces los hombres le decían “pobre chica, ¿acaso no tienes zapatos?” “¿no te duelen los pies?”. Ella sólo asentía en silencio, triste y bajando la mirada. En ocasiones les contestaba con un “ya estoy acostumbrada” o “los zapatos son muy caros, no puedo comprármelos”. Alguna gente incluso le decía “debes tener las plantas curtidas” y ella asentía y, si querían, hasta les enseñaba sus plantas y les dejaba tocárselas y revisárselas. La gente observaba lo duras y curtidas que eran las plantas de esta pobre chica, se las acariciaban con lástima y le daban unas monedas a Tanya. Un día, hambrienta y deseperada por no haber recibido ni una sóla moneda en todo el día, Tanya vio unas botellas y, como enloquecida, las rompió en la vereda y comenzó a caminar sobre los vidrios rotos para ver si así la gente le daba algunas monedas. Era un verdadero sacrificio, una medida desesperada de muchacha hambrienta y aunque sus plantas eran duras y no sangraban, igual se cortó un poco y le dolían.... felizmente el truco funcionó y la gente, curiosa, se juntó a su alrededor para ver a esta linda chica descalza que caminaba sobre los vidrios rotos, dándole dinero. Sus pies le dolían tremendamente, ¡pero estaba feliz! Continuó con el truco durante varios días, recibiendo más dinero... la pobre chica se alegraba con las limosnas que juntaba a cambio de vender su dolor y lastimarse los pies, pero al menos era una especie de trabajo y tenía con qué comprarse algo de comer. Un día, el dueño de un nightclub vio su acto y le preguntó si quería trabajar para él, en el club, bailando y saltando sobre vidrios rotos. El hombre revisó los sucios pies de la sorprendida Tanya y vio lo hermosos que eran pese al maltrato que soportaban día a día. Tocó la áspera superficie de esos pies curtidos, aquéllas plantas de cuero, probándolas y comentando sobre lo fuertes y duras que eran, pero que a la vez se veían hermosas, salvajes. Tanya tenía miedo pues todo lo que había hecho era pararse y caminar sobre vidrios con cuidado. Sabía que bailar sobre las afiladas astillas de vidrio con los pies desnudos sería más difícil y doloroso pero igual aceptó, y así empezó a trabajar en el club. La hermosa muchacha realmente necesitaba el trabajo, y además del pequeño sueldo que el hombre le ofrecía también tendría un techo sobre su cabeza y algo de comida, fuera de las propinas que pudiera acaso recibir. Sorprendentemente el espectáculo fue un éxito. A los clientes les encantaba ver a esta chica que bailaba y saltaba sobre los afilados pedazos de vidrio roto. Incluso pedían las botellas vacías del bar y las arrojaban estrepitosamente bajo los pies de Tanya, para asegurarse de que no había truco y de que los vidrios eran auténticos y afilados. Incluso querían tocar y besar sus plantas duras, y ella los dejaba a cambio de las generosas propinas que le daban. El acto era en extremo doloroso para ella, sin importar lo duras que fuesen sus plantas, y cada noche terminaba con las plantas llenas de cortes y a veces con algo de sangre de tanto saltar sobre los vidrios. Tarde, ya de madrugada, la muchacha atendía sus pies, verdaderamente sus herramientas de trabajo. Retiraba las astillas de vidrio que se le habían incrustado en la dura piel de sus plantas, con cuidado para no cortarse las manos. Lavaba con cuidado sus pies y aplicaba alcohol a sus plantas con un algodón para desinfectar las heridas. Finalmente, rendida, se tendía en la cama, para dormir un rato hasta el día siguiente. Si bien ya tenía dinero para comprarse al menos un par de sandalias, temía que usar alguna clase de calzado debilitase sus plantas y las hiciese más propensas a lastimarse, a sentir dolor... además ella había crecido así, descalza, y realmente no tenía ganas de cubrirse los pies, de encerrarlos en ninguna clase de calzado. Al día siguiente trabajaba como mesera, ya que durante el día el nightclub era restaurante y atendía al público. Tanya había suplicado al dueño del lugar que le diera trabajo sirviendo las mesas, limpiando...lo que fuera, y él, que era después de todo una buena persona, había aceptado. Incluso permitió a Tanya que hiciera sus labores sin zapatos, cosa a la que los clientes finalmente se acostumbraron. Con el tiempo Tanya mejoró su acto, atreviéndose a bailar sobre brasas al rojo tras dejar que uno de los clientes le echara aceite en las plantas de los pies... el calor era intenso y el dolor extremo, pero sus plantas eran fuertes y sólo se enrojecían, sin ampollarse...sin embargo los carbones al rojo eran una verdadera tortura y le quemaban. Su hermoso rostro demostraba el dolor que Tanya sentía mientras bailaba sobre el fuego... pero esto le encantaba a los clientes y le daban muy buenas propinas, así que continuó haciéndolo, sufriendo a cambio de dinero. Llegó al extremo de ofrecer las plantas de sus pies como ceniceros vivientes para los clientes más ricos, para que ellos apagaran sus habanos en ellas. El dolor era terrible pero le pagaban bien, así que tanto sufrimiento valía la pena después de todo. Era extraño...una noche, mientras bailaba sobre los carbones al rojo y soportaba el dolor del tremendo calor atormentando sus plantas, sintió que esto la excitaba...de algún modo, descubrió que torturar sus pies, soportar dolor extremo en sus plantas, se había vuelto una excitación sexual para ella. Los clientes se dieron cuenta ya que ella empezó a moverse sensualmente sobre las brasas ardientes, y le dieron propinas aún más generosas... En medio de este frenesí, de esta locura, de esta mezcla de dolor y placer, Tanya observó un rostro que la miraba fijamente... Era un rostro que le pareció conocido... de repente se dio cuenta que era un joven, poco mayor que ella, al que había notado tres noches atrás. La chica, en medio de su dolor, recordó haber visto esa cara las últimas noches, y le sonrió. El rostro le devolvió la sonrisa, hasta que ella, exhausta y adolorida, bajó de la plataforma de las brasas ardientes y se sentó en la barra, mostrando orgullosa sus plantas enrojecidas a su público, dejando que las examinaran, que se las tocaran, mientras la gente colocaba billetes a sus pies y ella agradecía con una sonrisa que no lograba ocultar del todo el dolor que sus ojos reflejaban... Esta noche había una atracción especial, y Tanya dio el aviso al dueño del club. “Señoras y señores, nuestra hermosa Tanya permitirá a uno de Uds. Que ponga a prueba la resistencia de sus lindos pies... tengo en mi mano un látigo, y uno de Uds. Podrá azotar las plantas de Tanya durante 5 largos minutos... a ver, ¿quién se anima? ¿Quién ofrece más a cambio de este honor?” Y así, a manera de subasta, empezó la pugna... los hombres ofrecían sumas de dinero a cambio del “honor” de castigar los pies de esta chica, de poner su resistencia a prueba. Era casi como si las plantas de Tanya estuviesen siendo subastadas. Tanya casi no escuchaba... se sentía medio atontada en medio de tanto barullo...no podía creer lo que estaba haciendo: iba a dejarse azotar las plantas de los pies, de sus pies, por un desconocido, a cambio de unos cuantos billetes. La idea la asustaba pero a la vez la seducía... y por último ya estaba metida en esto y no podía detenerlo, tenía que seguir hasta el fin. “A la una... a las dos...a las tres. ¡Vendido!. El joven de la camisa azul es el ganador. Señor, pase por aquí por favor, los pies de Tanya son todos suyos, ¡bon appetit!” Era él... el joven que se había quedado mirándola
había ganado la pugna... trescientos dólares le habían comprado el
derecho de azotar las plantas de la muchacha durante 5 minutos. Se
miraron a los ojos. De algún modo ella estaba contenta que fuese él, ya
que se había sentido atraída hacia este hombre. El no sabía si
sonreírle o no, así que sólo le dio la mano diciéndole Sin perder tiempo, Tanya se sentó y colocó sus pies en la silla que estaba frente a ella, a través de los barrotes. El dueño del local amarró sus tobillos a la silla, asegurándole los pies. “Señor, es toda suya, tiene 5 minutos. ¡Gracias!”, dijo, recibiendo los billetes y contándolos. Al final de la noche daría la mitad a Tanya, tal como habían acordado al medio día, cuando la chica le propuso esta idea. Tanya respiró hondo, cruzó los brazos detrás del respaldar de la silla en donde estaba sentada y cerró los ojos...cinco minutos...trescientos segundos de dolor. Nunca antes le habían azotado los pies, sería su “primera vez”. Pensó en la locura que estaba haciendo, trató de concentrarse, de pensar en algo agradable a fin de hacer más llevadero el dolor... y en eso lo sintió... fue sorpresivo y la agarró desprevenida...en lugar de un azote y un dolor intenso y repentino, sintió las manos de Diego tocando las plantas de sus pies... abrió los ojos y vio al joven examinándole los pies, acariciándoselos... admirando esas plantas duras, fuertes, maltratadas pero bellas... siguiendo las curvas de esos finos arcos, de esos delicados y a la vez fuertes pies, revisándole los dedos, no sólo con curiosidad sino, increíblemente, con cariño. “¡Buuuu, buuuu” Las miradas de ambos se cruzaron... Diego salió como por encanto de la adoración a esos pies que tenía entre sus manos y miró a Tanya a los ojos... la chica lo miraba con ojos dulces pero a la vez tristes, le sonrió y le dijo “empieza”. El tomó conciencia de lo que debía hacer, de dónde estaba... cogió el látigo que le ofrecían, se paró firme frente a los pies indefensos que tenía frente a sí, amarrados, incapaces de escapar, y comenzó su labor... ¡Whack! Silbó el látigo en el aire para impactar de lleno en las plantas de la chica, que esperaba el tormento impávida, con los ojos cerrados... fue peor, mucho peor de lo que esperaba. Sintió como una quemadura repentina, como si un hierro al rojo fuese aplicado sin piedad y sin aviso sobre sus plantas desnudas. Apretó los dientes, respiró con violencia y soportó así el primero de muchos impactos por venir, sin una sola queja, sin una sola palabra... Uno a uno se fueron siguiendo los azotes, a buen ritmo, con intensidad. Diego quería y no quería hacer sufrir estos pies, castigar a esta muchacha... Quería besarle las plantas pero a la vez ponerlas a prueba, y la muchedumbre gritaba y lo azuzaba, animándolo... uno, dos, tres...cincuenta azotes se sucedieron. La respiración de Tanya se hacía agitada mientras sus plantas enrojecían gracias al látigo, pero no se quejó, aunque algunas lágrimas rodaron por sus mejillas. Finalmente, cansado y con el brazo agotado, luego de unos 80 o tal vez 100 azotes propinados con fuerza a esos bellos pies, el espectáculo llegó a su fin “¡Cinco minutos señores, eso es todo!” resonó la voz del dueño del club. “El show ha terminado por esta noche, dejemos descansar a la dama” Poco a poco la gente fue disolviendo el círculo que se ceñía alrededor de la pareja: la muchacha y su verdugo. Algunos se acercaron a ver cómo le habían quedado los pies y notaron lo maltratados que estaban. No era para menos...en una sóla noche Tanya había bailado y saltado sobre vidrios rotos, bailado encima de carbones ardiendo y finalmente recibido cerca de cien azotes en las plantas de los pies, y las huellas de tanto maltrato se notaban pese a la dureza de estas plantas casi mágicas. Diego desató los pies de la chica y cuando la gente se hubo retirado a sus mesas le dijo al oído “Perdóname, lo siento mucho, de veras” Tanya, con los ojos en lágrimas, le dijo “no te preocupes, es mi trabajo... lo hiciste bien, casi me haces gritar al final” y cogiéndose uno a uno los tobillos para ver cómo le habían quedado las plantas, viéndolas tan rojas y lastimadas, agregó “has hecho un buen trabajo, realmente me lastimaste” “Perdóname, no sabía qué hacer...la gente...verte así...perdí el control” “Está bien, olvídalo. Es mi primera vez y tal vez sea la última también”. Se puso de pie pero se tambaleó...el dolor era demasiado, incluso para ella, y sus pies la traicionaron, haciéndola perder el equilibrio. Ya estaba por caer cuando sintió un brazo sosteniéndola. “Permíteme, te acompaño. Déjame ayudarte, es lo menos que puedo hacer” Ella lo miró y, confundida, sólo atinó a decirle “gracias” mientras se apoyaba en él y caminaba con dificultad hacia su habitación. Una vez allí, vencida por el esfuerzo y el cansancio, cayó rendida en su cama, boca abajo, con los pies colgando en el borde. Diego sólo atinó a mirarla, así, tirada en la cama...y sus ojos se fueron automáticamente hacia los pies de la muchacha. Realmente tenía unos pies hermosos, bellos, bien formados...y sus pobres plantas daban pena de lo maltratadas que estaban. Se sintió algo culpable de ser él quien había enrojecido esas plantas tan bonitas, pero recordó también la sensación que sintió mientras lo hacía... no sabía por qué, pero disfrutaba poniendo a prueba estos pies, castigando aquéllas plantas tan hermosas y fuertes, viendo cómo pese a sus esfuerzos y a la intensidad de los azotes la chica se aguantaba, resistía sin quejarse una sola vez. Era como un reto, una lucha de voluntades, él tratando de hacerla gritar, aunque sea un poquito, y ella resistiéndose, aguantando, soportando estoicamente el castigo que sus pies sufrían...y finalmente, luego de cinco largos minutos, quedando como la vencedora. No había logrado derrotarla, su voluntad, su fortaleza, su resistencia al dolor habían sido mayores que la fuerza de su brazo y los golpes del látigo que acababan de lloverle en las plantas. Esta muchacha hermosa era además admirable. El sabía que le dolía, que sufría...pero igual ella, terca, resistía y se aguantaba, no le daría ni a él ni a nadie el gusto de escuchar un quejido de su boca. Acarició las plantas de la chica, con cariño, con gusto, sintiendo su dureza, lo ásperas que eran... pensó en cómo ella era capaz de soportar estas cosas, cómo sus pies eran tan bonitos y a la vez tan fuertes...qué habría detrás de esas plantas de cuero, cuál sería la historia de esta muchacha que acababa de quedarse dormida frente a él, olvidándose de su presencia. Sólo atinó a besar ese par de hermosos pies, a salir en silencio, cuidando de no despertarla, y a cerrar la puerta para dejarla descansar. Continuará (quizás...) |
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