LORENA CAMINOS DE PERVERSION

Tras aquella tarde con los amigos de mi hermano, comenzó para mí una época de desaforado furor uterino. Me sentía una diosa del sexo lanzada sobre sus dominios. A pesar de la reticencia de los muchachos, lo sucedido aquella tarde no tardó demasiado en divulgarse. Con el tiempo descubriría que esas cosas no se pueden mantener en secreto y que tarde o temprano, acaban por saberse. Los hombres, jóvenes o no tan jóvenes, son unos bocazas. Recuerdo una tarde en que hablando con un amigo, le recriminé, maliciosamente pero sin verdadera ofensa, que anduviera divulgando sus andadas con una conocida que salía con otro chico, a lo cual él me respondió que, si no podía comentarlo, se qué le servía follársela. No pude evitar romper a reír y aún hoy me arranca alguna carcajada cuando lo recuerdo. En fin, ellos son así, pero tampoco me molesta demasiado. En realidad, es parte de su encanto y, además, tras aquella experiencia fui yo misma la que les pedí que divulgasen aquello y ellos los que, por motivos nada altruistas, no recibieron muy entusiasmados la petición. Era, claro, antes de descubrir muchas cosas que descubriría en los próximos meses acerca de la naturaleza humana y las relaciones sociales. ¡Cuantas caras puede tener un mismo tema, dependiendo de la perspectiva desde la que se le mire! La cosa es que el rumor comenzó a extenderse y, pronto, los chicos comenzaron a acercarse en masa a aquella chica de la cual decían "era fácil y follaba".

Fue una época aquella de magreos intensos con todo chico que me parecía atractivo e iniciaba un aproximamiento o respondía al mío y mamadas en el asiento trasero de sus coches. Una época en la cual me quitaba las bragas con la misma facilidad y espontaneidad con que otros entablan amistad y demás. Al igual que aquel día de mi infancia en que recibiera la dorada lluvia de aquel niño sin tener noción de hacer algo malo, ahora follaba y me entregaba al sexo con la misma naturalidad. Bueno, exactamente, no la misma. Saber, sabía que estaba mal visto que una chica sea promiscua y sexual, o, por decirlo de una forma más clara, una zorra. Pero vamos, era la época de la rebeldía y el "¿por qué si los chicos pueden, nosotras no?". Con el tiempo entendería "por qué ellos pueden y nosotras no", el equilibrio que hay en las relaciones entre hombres y mujeres y el precio que hay que estar dispuesta a pagar si decides alterarlo. Pero en fin, eso ya lo explicaré en otro momento. Por ahora, baste con decir que a esa edad veía no tenía noción alguna de equilibrios ni precios, y aquello me parecía una injusticia a laque yo no iba a plegarme. ¡Sic! Eso sí, siempre procuré respetar a los chicos con novia. Aquella experiencia con el padre de Fátima me había marcado profundamente y, sus llagas, aún no habían sido llamadas a desaparecer.

Durante ese tiempo, descubrí el placer que puede deparar un simple pero intenso magreo de tetas, lo magnífico de poder acostarte con el chico que te parezca sin pedir más cuentas o el morbo de sentir el tacto de la sedosa piel mientras masturbas una buena polla. Y también descubrí el mundo de la noche cuando igualmente descubrí que los chicos más mayores y con coche, no tenían pega en reservarme una plaza en él si yo no la tenía tampoco para chupársela. Fue una época de mamadas mientras ellos conducían –me gustaba, y me gusta, hacerlo así- y de escapadas nocturnas por la ventana los viernes y sábados noche mientras mis padres dormían. Por lo general no me dejaban entrar a las discotecas pese a ir maquillada y con vestida con ropa y maquillaje que chicas más mayores del grupo –grupos- me prestaban y con lo cual aparentaba algo –poco- más de edad, pero sí llegue a entrar más de una vez y conocí bien el ambiente de los parkings.

Así recibí mi decimocuarta primavera, pero ya para entonces comenzaba a notar que no todo era tan ideal. Ya para entonces, comenzaba a ser consciente de que los chicos, esos mismos que tan a gusto me reservaban plaza en su coche, me sobaban y follaban, no me prodigaban el mismo trato que a otras chicas. Cuando hablaban de lo buena que estaba la una o la otra, notaba claramente que las valoraban más que a mí y, cuando hablaban con ellas, lo hacían con un respeto que no guardaban conmigo. No es que me hablaran mal, ni por supuesto, que me trataran como una zorra, cosa que me encanta, más bien es… no sabría decirlo. Supongo que el valor de una persona no debiera medirse por la cantidad de chicos o chicas que meta en su cama, sino por valores más elevados como su nobleza, altruismo y demás. Y eso era lo que faltaba allí. De alguna manera, sentía que me trataran como si fuera algo así como una "hembra de segunda", con menos valor que las otras más recatadas por el mero hecho de, precisamente, no poner pegas a la hora de entregarme sexualmente, lo cual, a fin de cuentas, es lo que ellos desean. ¿Alguien lo entendía?

La cuestión es que aquello no me gustaba nada y comencé a encubar un cierto recelo hacia el tema. Empezó a ser más difícil, aunque no mucho tampoco, llevarme a al cama para los guaperas de turno y cada vez más, fui seleccionando a quien se la chupaba. No me hacía gracia que el mismo al que se la había mamado media hora antes, me mirase de lejos después de una manera nada cortés mientras se lo comentaba a sus colegas. No me molestaba el hecho en sí de que lo hiciera, sino el desdén que parecía ir implícito con aquello. Le había dado placer, ¿no? Le había entregado mi cuerpo sin poner demasiadas pegas, cosa nada habitual en las chicas según ellos mismos admitía. ¿Por qué pues era luego a ellas a quien miraban con buenos ojos y a mí como si fuera una estigmatizada?

La cosa toco techo el día que, una de las profesoras del colegio, me pilló mamándosela a un chico en el aseo. Al parecer, absorta yo en mi labor y él en su disfrute, no atendimos a los niños más pequeños que, aupándose desde el inodoro a la pared que separaba la celda de WC donde nos encontrábamos de la contigua, espiaban nuestros actos. No es que no nos diéramos cuenta de que estaban allí, pues ya había ocurrido algunas de las veces que, con anterioridad, había hecho algo parecido, simplemente que había aprendido a no hacerles caso, y mis amigos también. Y a alguno de los chiquillos, muy simpáticos ellos, no se le ocurrió otra gracia que salir corriendo y decírselo a alguno de los profesores que, a su vez, avisó a mi tutora para que se hiciera cargo de la situación. "La situación". ¡Cómo si lo que estaba haciendo fuera algo malo! La cuestión es que Doña Isabel se acercó hasta allá y, antes de tocar a la puerta, decidió ella misma auparse para echar una mirada. Me cabe la total certeza de que no fue nada morboso, sino algo que hizo por cerciorarse de lo que allí estaba ocurriendo para que no pudiera negarlo después. Un segundo después, la señorita golpeaba la puerta con furia.

-¡Lorena! ¡Abre, Lorena!

Me puse roja como un tomate y el chico me miró con una cara que, de ser otro momento, me hubiera hecho romper a reír. Pero en aquel momento no lo hizo.

-¡Abre ahora mismo, Lorena!

Muerta de vergüenza, obedecí, encontrándome con la mirada severa de mi tutora que de mí pasó a él y luego de vuelta a mí.

-¿Qué estabais haciendo, Lorena?- preguntó muy seria.

No pude mantenerle la mirada, bajando la mía si responder. De alguna manera, sabía que no podía mentir. Volvió a mirarlo a él y de nuevo a mí.

-Muy bien. Tú –se dirigió a mí-, acompáñame al despacho. Y tú –a él-, luego hablarás con tu tutor.

Supongo que todos los que estaréis leyendo esto, habréis ido al colegio. Así pues, recordaréis la terrible, casi siniestra, atmósfera que rodeaba el despacho de los profesores y el temor con que se acudía a ellos cuando te reclamaban. Llegada allí, me hizo sentar frente a ella, al otro lado de la gran mesa. Durante un momento, se limitó a mirarme en silencio. Yo no me atrevía a levantar la mirada y me limitaba a esperar el fatídico momento en que descolgase el teléfono para llamar a mis padres.

-Mírame, Lorena.

Tímidamente, alce los ojos. La miré. Nunca olvidaré la expresión de su cara en aquel momento. Doña Isabel era una profesora joven, de veintitantos años y recién casada. Era bastante guapa y desenfadada, con lo cual nos caía muy bien a todos. Una mujer dulce y cariñosa que, para mi sorpresa, ahora me miraba también con esa dulzura acostumbrada en sus hermosos ojos azules.

-Sabes que sé lo que estabais haciendo, ¿verdad?

Asentí con la cabeza y ella guardó silencio por un momento, mirándome.

-¿Qué se supone que he de hacer yo ahora?

-No lo sé- respondí cortadísima y muy atemorizada. –Supongo que llamar a mis padres.

-¿Es lo que creer que voy a hacer?

Volví a asentir. Doña Isabel sonrió tiernamente, alargando su brazo sobre la mesa.

-Dame la mano.

No entendía aquello, pero obedecí, y la tomó con cariño en la suya, acariciándomela.

-¿Piensas que soy mala?

Dudé para contestar. No porque no tuviera clara mi respuesta, sino por que estaba desconcertada.

-No.

-¿Crees entonces que haría algo que fuera malo para ti?

-No- volví a negar y ella sonrió de nuevo, con tanta ternura y dulzura como antes.

-No voy a llamar a tus padres.

Mis ojos debieron abrirse desmesuradamente, provocando la risa de mi profesora.

-Soy tu tutora, Lorena. Y se supone que debo preocuparme por ti y por tu formación como persona. No creo que contarle esto a tus padres solucione nada y sí que, en cambio y muy probablemente, agrave el problema el hacerte enfrentar a esa vergüenza.

En ese momento no supe como reaccionar. Un mar de confusión se hizo en mi mente y no debió faltar mucho para que cayese de rodillas ante ella para darle las gracias.

-Los niños, ya sabes como son, lo van a pregonar por ahí, pero tanto el tutor de Juan Carlos como yo, diremos que cuando fui no os encontré haciendo nada malo. Si acaso, alguna travesura que justifique el que él estuviera en el aseo de las chicas. ¿OK?

Asentí con la cabeza, demasiado agradecida para articular un sí.

-Por supuesto, esperamos de vosotros lo mismo. Nos dejaríais muy mal si vuestros padres llegasen a enterarse de esto.

-¡Por supuesto! ¡No se preocupe de nada, Doña Isabel!

Sonrió de nuevo.

-Lo único que te voy a pedir a cambio, es que recapacites sobre esto.

Ahora me miró fijamente, y me pareció sentir su mirada en lo más profundo de mi alma.

-¿Por qué haces esto, Lorena? ¿Es lo que quieres para tu futuro?

De nuevo, quedé sin palabras.

-Debes ser consciente de que estás cogiendo una fama que no te conviene, Lorena.

La miré sin responder.

-Ese mismo chico, Juan Carlos, al salir de clase se lo comentará a todos sus amigos. Y, ¿qué crees que va a decir? ¿Qué eres muy buena chica? No, va a decir que eres una "guarra".

Me sorprendió que fuera tan directa y ella debió notarlo.

-Es el apelativo que los hombres dan a las chicas que no se lo piensan mucho para… eso. Ahora quizá pienses que no te importe demasiado. Eres ya una mujercita, pero todavía te faltan muchas cosas por descubrir. Hazme caso, yo no quiero nada malo para ti. Lo sabes, ¿verdad?

-Claro que sí.

-Como te digo, es posible que ahora pienses que no importa, pero sí importa. Todavía eres muy jovencita, pero ya tienes 18 años y un cuerpazo de mujer. No tardará en llegar un chico del que te enamorarás y querrás estar con él. ¿Sabes lo que ocurrirá entonces?

Negué con la cabeza.

-Esos mismos "amigos" que tienes ahora, le dirán que eres una guarra y que para echar un par de polvos estás bien, pero que ni se le ocurra enrollarse contigo.

De nuevo, me sorprendió su franqueza a la hora de elegir sus palabras.

-Los chicos son todos muy machitos y les gusta presumir de sus novias. Ningún guaperas querrá por novia a una chica de la que se dice ha pasado de mano en mano y con la que, probablemente, varios conocidos y amigos suyos se hayan acostado. ¿Te gustan los chicos guapos, Lorena?

-S-si… -asentí algo cortada- Claro.

Isabel sabía qué resortes de la mente juvenil tocar exactamente. A esa edad, hablarme del amor, de pasiones y enamoramientos, puede resultar algo un tanto abstracto, cuyas referencias, por falta de experiencia personal, se limita a las películas. En cambio, hablar de chicos guapos y simpáticos, despierta el interés de cualquier adolescente.

-¿Y te parece inteligente renunciar a un novio guapo y bien plantado por haber entregado tu cuerpo a unos imbéciles que no lo van a agradecer y se van a reír de ti?

-No- respondí sinceramente. Doña Isabel sonrió de nuevo.

Continuamos hablando hasta que sonó el timbre que marcaba el fin del recreo y, para cuando salí de aquel despacho, había ganado una amiga que había conseguido dar un giro de 180 grados a mi visión de la vida.

 

 

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Como resultará fácil imaginar, no lo fue para mí el seguir ese nuevo tipo de vida. Recién descubierta mi sexualidad y el mundo que para mí abría, hube de imponerle unas nuevas fronteras artificiales. No obstante, aquello parecía tener sus recompensas. Me sentía, o creía sentirme, limpia por dentro, como si hubiese limpiado una mancha que no había entendido como tal, pero que me esforzaba en aceptar que lo era. Como vaticinó Doña Isabel, aunque mucho antes de lo que ella hubiera imaginado –si pensó en años, fueron en realidad pocos meses-, conocí a un chico genial. Un morenazo de 18 años guapísimo e hijo de papá adinerado, muy noble y con la suficiente personalidad para que no le importase lo que había sido mi incipiente fama. Claro que el avance de esta había sido cortado de cuajo y se podía escudar un poco tras mi inexperiencia, cambiando las cosas ahora que había aprendido. Desde mi conversación con la profesora, solo había vuelto a acostarme con un par de chicos antes de conocerlo y ninguno más después. Mantenerme fiel me costaba lo mío, pero veía mi recompensa. Mis amigas, y todas las chicas del colegio, me miraban con envidia y yo tenía todo un chulazo por novio que me colmaba de mimos y atenciones, y para el cual todo era poco para mí. Tabaco, ropa, consumiciones en los pubs a donde íbamos… todo corría de su cuenta y yo solo tenía que pedir por mi boca lo que desease para que él se aprestase a cumplirlo. ¡Qué diferencia respecto de aquellos imbéciles para los cuales no era más que una zorra para pasar el rato! Obviamente, mis padres no sabían nada de esto, de lo contrario no hubieran visto con buenos ojos que saliera con un chico tan mayor para mí entonces. Y la verdad es que lo era, pero a él no le importaba, ya que yo a mis recién estrenados 18 años ya estaba más buena que la mayoría de chicas de su edad y mayores, y a mí ya no podían llenarme los chicos de la mía.

Pero la vida parece guardar sus propios designios para nosotros y a veces te encuentras con viajeros en el camino que te hacen preguntarte por el verdadero sentido y destino de este y si no habrá alguien allá tras tirando de los hilos. A mediados de curso, una nueva niña llegó a mi clase. Se llamaba Jennyfer y había tenido que cambiar de colegio por un cambio de residencia de su madre, con la cual vivía. Era una chica distinta a las demás. Vestía con una ropa que nos alucinaba a las demás, muy fashion, y se la veía más despierta. Desde el principio, sentí una empatía natural con ella. Me cayó supersimpática y me convertí en su primera amiga de su nuevo centro. La tercera o cuarta tarde tras su llegada, Luís, que así se llamaba mi chico, me esperaba a la salida del colegio en el coche, un tanto disimulado como siempre, para que no se percataran los profesores.

-Bueno, Jennyfer. Me está esperando mi chico, hoy me voy con él –le comenté señalando con una mirada hacia el "Audi" de Luís.

-¿Ese es tu chico?

-Sí. ¿A qué es guapo?

-¡Está como un tren! Y lo conozco.

-¿Sí?- pregunté sonriente y volviendo la cabeza hacia él, que, efectivamente, la saludó con la mano.

-Solo de vista. Va por un pub adonde me ido yo también alguna vez con mi hermana y su novio.

-¡Es genial! Si quieres, podríamos quedar algún día.

-Estupendo. Coméntaselo. Por mí no hay problema.

-OK, quedamos así pues. Nos vemos. Un beso.

Tras darle los dos de despedida, crucé la calle y subí al coche, besando también a Luís, a él en los labios.

-Hola, Lorena. ¿Qué tal el día?

-Muy bien. ¿Conoces a Laura? Me ha dicho que te conoce.

A la vez que le preguntaba, me despedía nuevamente de ella, que me podía ver a través de la ventana, con la mano y una sonrisa.

-Sí, claro- contestó a la vez que arrancaba el coche y lo ponía en marcha-. Más que a ella a su hermana, pero vamos, tampoco demasiado. De vista más que nada.

-¡Qué guay!, ¿no?

-Sí, parece una chica maja.

-Me ha dicho de quedar algún día. ¿Qué te parece la idea?

-Bueno, muy niña es para la gente con que nos movemos.

-Tiene la misma edad que yo.

-Sí, pero tú eres mi novia. Y además, estás más desarrollada. Pero OK, no me importa que se venga alguna vez, siempre que no sea de continuo. Aunque a lo mejor a ti si te importa.

Lo miré extrañada.

-¿Por qué lo dices?

-Sabes lo que dicen de ella, ¿no?

-No- respondí aún más extrañada.- ¿Qué cuentan?

-Tiene mala fama.

-¿Es una… guarra?

-No, ella no. Pero sus padres están separados porque él la pilló con un chico joven en la cama y su hermana creo que hace películas porno y esas cosas. Ya sabes que yo no hago mucho caso de la gente y no me importa, pero tú siempre estás hablando de lo importante que es para ti no volver a tener la fama que tuviste antes y eso. A lo mejor no te sientes a gusto con alguien que pueda hacer que la peña piense que has vuelto a las andadas.

Quedé bastante confusa, intentado asimilar aquello y lo que implicaba.

-Tú… ¿no quieres que vaya con ella?

-A mí no me importa, siempre y cuando cuides de que la gente no se confunda.

Sin darme cuenta, había llegado al punto donde debía llegar inexcusablemente y nunca había imaginado. Cuando una pretende cambiar de forma de ser, avanzando desde la antigua hacia la nueva buscada, antes o después llega el punto de inflexión en el cual ha de mirar hacia atrás y enfrentarse a lo que hay allí. De ser Lorena "la zorra", había pasado a ser Lorena "la buena chica" y, las buenas chicas, reniegan de las zorras. Luís tenía razón. Había costado mucho lavar mi antigua fama y juntarme con una chica como Jenny, crearía desconfianza en la gente hacia mí. Con lo que había sido y esas amistades… ¿Quién iba a creer que había cambiado? Jennyfer me caía muy bien, pero estaba claro que no era lo que me convenía. Sí, no tenía más posibilidad que darle de lado.

 

 

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Decir las cosas es una cosa y hacerlas, otra. Me propuse ir dejando de lado a Jennyfer poco a poco, para que no se diera cuenta de lo que ocurría, pero no era tan fácil. Por algún motivo, su aura y la de su familia me atraían como un poderoso imán a un curioso clavo. Un interés casi científico, creía yo en esos momentos, pero interés al fin y al cabo.

No me fue tan fácil como pensé el ir distanciándome de mi amiga. Al salir de clase, me costaba separarme de ella cuando llegábamos al punto donde los caminos a nuestras respectivas casas se separaban, acompañándola más de una vez un par de calles más allá mientras hablábamos, aunque ello implicaba para mí rehacer lo andado de nuevo después. En una de esas, mientras departíamos sobre quien estaba más bueno, si Brad Pit o Beckam, me comentó que tenía en su casa una revista de su madre donde salían unas fotos nuevas del bombón de Victoria. Ilusionada, le pregunté si podría escanearlas y mandármelas por mail, a lo que ella me respondió que por supuesto, pero que, ya que estaba allí, porque no subía a su casa, que ya quedaba a un par de manzanas solamente.

-Vente –me dijo-. Así conoces a mi madre. Le he hablado mucho de ti.

De repente, me encontré en una encrucijada. Por no saber definirme, me había colocado yo sola entre la espada y la pared. Aunque, si tenía que ser sincera conmigo misma, era una situación buscada. Por más que me decía que tenía que alejarme de aquella chica, la curiosidad podía más, y me tiraba mucho la posibilidad de conocer a aquella mujer que, aunque negativamente, me fascinaba.

La primera impresión que me causó no pudo ser más grata. Sofía resultó ser una mujer de poco más de cincuenta años, muy cuidada y muy guapa. Llevaba el pelo corto y teñido de rubio y era evidente que se había sometido a varias operaciones de cirugía para mantener la lozanía de su rostro. Además, mantenía un cuerpo delgado y bien formado, por lo que di por sentado que debía dedicarle su tiempo también, extremo que vería confirmado cuando supe que fue con uno de sus monitores del gimnasio al que acudía con quien su marido la pilló en la cama. Sofía me deslumbro con su sonrisa y con la seguridad que de ella emanaba. Era una mujer con una claridad de ideas impresionante y, desde el primer momento, supe que ya no renegaría de aquella familia jamás. Ciertamente, yo seguiría por mi camino, pero ello no implicaba no respetar a la gente que eligiera otro. Jennyfer era mi amiga y su madre me caía genial. ¿Qué mal podía haber pues en mantener su amistad? La gente tendría que aprender a aceptar eso.

Pero la que verdaderamente me encantó, fue su hermana. Durante semanas. Oí hablar de ella sin conocerla, hasta que un buen día se presentó allí mientras nosotras resolvíamos algunas ecuaciones para el día siguiente.

-Hola a todos.

Como he dicho, me encantó. Un vistazo me bastó para saber que era lo que yo había querido ser en otro momento, no hacía todavía demasiado. Elisabeth, que así se llamaba, era una chica guapísima de unos veintiséis o veintisiete años. Llevaba su rizado cabello largo y teñido de rojo, enmarcando idealmente una cara preciosa donde sus preciosos ojos verdes brillaban cual esmeraldas en los ríos del Amazonas. Su cuerpo era ideal, el que se le supone a una actriz porno. Vestía sencillamente, con pantalones y camisa vaqueros, y por el escote que esta dejaba asomaban voluminosas unas preciosas tetas de silicona. Pensé que ese era el pecho que yo quería tener de mayor y sonreí. Las mujeres siempre tememos el momento en que nuestros pechos empiecen a caer y perder su belleza, pero, a la vista de aquella maravilla, supe que aquel problema ya no me quitaría el sueño.

-Hola –me saludó con una deslumbrante sonrisa-. Tú debes ser Lorena, ¿no?

-Sí- contesté sonriéndole también.

-Jennyfer me ha hablado mucho de ti, pero veo que eres todavía más guapa de lo que me había dicho.

En ese momento me sentí como una mierda y me odié a mí misma por haber renegado de mi amiga. ¿Cómo podía haber deseado dejar de lado a alguien tan noble y que tanto aprecio me demostraba, por el qué dirán de unos imbéciles que jamás se preocuparon por mí?

Aquel rumor que situaba a Elisabeth en el porno profesionalmente, resultó cierto. Ella y su novio trabajaban en Barcelona, rodando películas y actuando en vivo por las noches en las salas de la ciudad condal y por las tardes en sus pep-shows. Cada película suponía seiscientos euros para cada uno, pero el dinero se lo reportaban sus actuaciones. Sin contar los extras que muy posiblemente hicieran de vez en cuando con algún adinerado espectador/a especialmente seducido por alguno de ellos, debían sacar del orden de 240 euros cada uno entre las salas y los pep-shows, o lo que es lo mismo, ya que estaban perfectamente avenidos, 480 entre los dos. En total, entre unas cosas y otras y descansando dos días por semana, se levantaban la friolera de 20000 euros más o menos por mes, lo cual les permitía pasar agradables temporadas de descanso en Alicante o Tromso, la ciudad natal de Björm y explicaba la "ropita" que lucía llevaba mi amiga. Claro que eso de "descanso" era un decir, porque en realidad seguían haciendo lo mismo, pero sin cobrar. ¡Deformación profesional!

Al siguiente que conocí, fue a Bjöm, su cuñado –vaya un beso desde aquí para el "vikingo" y su "oxidada"-, un noruego imponente. Elizabeth era toda una belleza, desde luego, pero, si allí había alguien que podía llamarse afortunado, era ella. El chico era un pedazo de vikingo de unos veintiocho o veintinueve años, de más de metro noventa de escultural anatomía, rubio como la cerveza y guapo como solo los nórdicos pueden serlo. Por hacer una idea, digamos que era una cosa así como Darek, el novio polaco de Ana Obregón. No quiero decir que se parecieran, sino que se trata del mismo tipo de hombre. Björm era una escultura griega con unos impresionantes ojazos azules como los hielos marinos de su norte natal, que cuando miraban a una mujer la turbaban y obstruían su mente hasta el punto de impedir cualquier pensamiento.

En poco más de un mes, pasé de desconocida a ser una más de la familia. Con las personas ocurre lo mismo que con los emisores/receptores de radio. Cuando se emite en una determinada frecuencia, los receptores afines la captarán sin dificultad. Así yo sintonizaba con aquella gente. Había allí una afinidad natural que cada vez resultaba más evidente. No tardé en darme cuenta, además, de que Björm me miraba con deseo, entre otras cosas, porque tampoco él hacía nada por disimularlo. Evidentemente, a mí aquello me halagaba. ¡Qué demonios me halagaba! ¡Cuando Björm me miraba yo me derretía! Que un macho así te demuestre su interés, es algo a lo que ninguna se resiste. Pero era el novio de la hermana de mi mejor amiga, la cual, por sí misma, ya era una de las personas que más apreciaba al margen de mi familia y mi chico. No podía decir que la situación me incomodara, porque todos conocemos el morbo del Diablo y cuando alguien te gusta las demás el peso de las demás consideraciones resulta liviano cual luma de ave, pero sin desear que las cosas pasaran de ahí.

Un día, estando en casa de ellos, al ir a darnos los besos de despedida cuando nos íbamos, Björm me tocó el culo. Lo hizo con todo el descaro del mundo, poniendo la mano sobre él por encima de mi falda, pero sin que se dieran cuenta Jennyfer ni, por supuesto, su hermana. No fue una caricia ligera y de paso, sino una sobada como Dios manda. Colocó la palma sobe mis glúteos y la dejó allí, acariciándomelos sin retirarla hasta que nos separamos. Quedé muy turbada y mi amiga debió notarlo, pues durante el viaje – o bien su hermana o bien su cuñado, cuando no ambos, nos llevaban siempre de vuelta a casa en coche- me preguntó si me ocurría algo.

-No, que va. Estoy bien. Es solo que he olvidado recoger mi habitación y en llegar verás la que me va a echar mi madre.

-¡Ja, ja, ja! –rió Elisabeth-. Tu madre tiene razón, Lorena. Debes aprender a ser ordenada con tus cosas.

 

 

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Pasaron unos días sin que Björm volviera a intentar nada conmigo. Supuse que había entendido mi posición y comprendido que no podía ser. Pero me equivocaba. Un sábado en que fui a buscar a Jenny a su casa. No estaba ella, pero sí Elisabeth, que me comentó que había pasado la noche en la suya y que, si quería, podía llevarme allí con ella. Estuve de acuerdo con la propuesta y tras despedirnos de Sofía, envió un mensaje a su novio diciéndole que íbamos para allá. ¡Craso error por su parte! Björm, el muy zorro, montó a Jennyfer en su coche y la llevó a casa de su madre. Esta, al verlos, les explicó el tema y le preguntó si no había recibido el mensaje, a lo que el muy cabrón respondió que no, que tenía el teléfono en modo "silencio" y no lo había oído, añadiendo que tenía que ir a un sitio donde no podía ir con ella. Sofía se ofreció para llevarla en su coche a su casa, pero él dijo que no era necesario, que Elisabeth tenía que volver a la ciudad y que ella la recogería. ¡El muy truhán se lo había montado bien!

Por supuesto, el sitio al que tenía que ir y al cual no podía acompañarle Jennyfer, era su propia casa. Cuando llegó, ya estábamos nosotras allí.

-¡Buuuff! ¡Hola, cariño! Vengo de casa de tu madre. He ido a llevar a la niña y me ha dicho que os habíais venido vosotras para acá.

-Pero… ¿por qué se la has llevado?

-¿Cómo que por qué? ¿No quedamos en que se la llevaríamos a las diez?

Elisabeth rompió a reír divertida.

-¡A las diez de la noche, tonto, no a las diez de la mañana!

Björm puso cara de bobo, como si realmente se hubiera confundido. Pero yo ya empezaba a notar que allí había algo raro.

-Bueno, ¿qué hacemos ahora?

-Yo había quedado con "Capri" para comentar unos temas de trabajo a las 10:30, pero, temiendo llegar tarde al pasarme por aquí antes, le he llamado y dicho que venga él.

-Y yo tengo que ir al centro a comprar ropa.

-Ya lo sé. Le dije a tu madre que pasarías después a recoger a Jennyfer.

-OK, no hay problema. ¿Me llevo entonces a Lorena?

-No hace falta. Se puede quedar aquí, así comemos todos juntos, ¿no? ¿Qué te parece, Lorena?

"¡Malditos sean esos ojos azules!", pensé en aquel momento. Una mirada suya, bastó para dejarme clavada y sin capacidad para negarme.

-Vale pues. Llamad a su madre y decidle que se queda aquí. Yo me voy para el centro. Sobre las dos estaré de vuelta con la niña.

Jennyfer se fue entonces, dejándonos solos. Le miré a los ojos.

-No va a venir nadie, ¿verdad?

Él simplemente sonrió como respuesta, dirigiéndose al sofá.

-Ven, Lorena- me invitó sentándose en él-. Hace días que quería hablar contigo. ¡Vamos, ven! –insistió sonriente al ver que dudaba-. ¡No te voy a morder!

Resignada pero tratando de fortalecerme, obedecí. Nada más sentarme, pasó un brazo por mis hombros.

-Björm… esto no está bien.

-¿Por qué? Los dos lo deseamos, ¿no?

-Lo deseamos, pero no está bien.

-Porque tú tienes novia y yo también.

-¿Tú también tienes novia?

-¡No, tonto! –me hizo reír-. Yo también tengo novio- añadí más seria de nuevo.

-Bueno, pero ellos no están aquí ahora.

-No, pero Elisabeth es la hermana de mi mejor amiga y ella misma, y tú, sois mis amigos.

-¿Y? Ella no tiene por qué enterarse.

-Björm… me gustas mucho, eso no puedo negártelo, pero hay por medio tres personas y hay que respetarlas. Ni Luís ni Elisabeth se merecen que les pongamos los cuernos y…

En estas palabras estaba cuando, aparentemente sin siquiera escucharlas, él alargó el brazo para tomar mi teta en su mano y apretarla ligeramente. Sentí un estremecimiento instantáneo. Un hombre ha de estar muy seguro de sí mismo y del deseo de la mujer para hacer eso. En la inmensa mayoría de los casos, se expondrá a una bofetada o un corte de los que dejan huella, pero, ¡ay! esa tremenda seguridad que necesita para hacerlo, si la tiene, mina la nuestra propia notablemente, y más aún, mucho más, si en realidad te mueres de deseo por él.

Por un momento, mis ojos se cerraron y mi boca se entreabrió para dejar escapar un apenas audible suspiro de placer. Luego, los abrí de nuevo para mirarlo. Iba a pedirle por favor que retirase la mano, pero el me lo impidió con un ligero beso en los labios. Los míos no se movieron.

-Björm… por favor- le pedí al alejar su cara. Pero el volvió a besarme y esta vez entreabrí los labios para dejar entrar su lengua. Aunque mi actitud siguió siendo semipasiva, él comenzó un morreo en condiciones, mientras su mano me pegaba una sobada de tetas en toda regla. Tuve en ese momento un instante de lucidez y supe que, si no cortaba aquello entonces, ya no podría hacerlo.

-Creo que será mejor que me lleves a casa- le espeté separándome y poniéndome en pie-. O mejor, que me prestes algo de dinero para tomar el autobús- añadí dirigiéndome a la puerta.

-Vale, Lorena. Te pido perdón.

Estaba siendo sincero, lo podía leer en sus ojos.

-Pero no es buena idea eso de irte. Elisabeth y Jennyfer se pueden mosquear. Vamos a hacer una cosa. Me gustas mucho, Lorena. Mucho, mucho. Pero no voy a forzarte a nada que no quieras. No volveré a tomar la iniciativa, te lo prometo.

-¿De verdad?

-Sé que aquí se promete muy a la ligera, pero, en mi país, cuando un hombre da su palabra, está muy mal visto que la rompa. Yo no lo haré.

Me miró a los ojos y supe que decía la verdad.

-Lorena… me voy a sacar la polla.

Fue como si de repente algo intangible golpeara en toda la superficie de mi cuerpo, conmocionándome.

-Y tú te vas a sentar a mi lado de nuevo.

Lo miré atónita.

-Te he prometido que no volveré a tomar la iniciativa…y no lo haré. Si en cualquier momento cambias de idea, deberás ser tú la que lo haga. Mi polla va a estar a tu alcance, pero, si la quieres, tendrás que ser tú quien se amorre al pilón.

El tío era un perfecto "macho fatal". No solo tenía un físico que haría palidecer de envidia al mismísimo Adonis, sino que además dominaba a la perfección el arte de la seducción. No me cabía la duda de que ese hombre que tenía ante mí, podía ser un perfecto dandy, cortés con su dama y de modales exquisitos si así lo deseaba, pero a la vez sabía reconocer a cada tipo de mujer y qué deseaba escuchar y cuando. Palabras como "polla" y frases como "amorrarse al pilón", no suenan ofensivas cuando estás loca por un hombre y, ya habiendo dado los primeros pasos y magreos, sabe modularlas y dejarlas caer en el momento justo y con la cadencia justa.

-Yo no voy a pedírtelo. Ni ahora, ni nunca más. Vamos a hablar como los amigos que somos y, si para cuando lleguen Elisabeth y Jennyfer no ha ocurrido nada, ya nunca ocurrirá y seguiremos siendo esos buenos amigos que somos ahora.

Nos miramos y aceptamos el compromiso sin palabras.

-Ven. Siéntate.

Obedecí. Me acerqué de nuevo al sofá y me senté a su lado. Nos miramos a los ojos. Fue un momento intenso. Después, yo misma comencé a inclinarme y, cuando ya había recorrido más de la mitad de la distancia que me separaba de su polla, noté su mano en mi nuca, acompañándome en los últimos centímetros.

Abriendo los labios, la introduje morcillona. Poco después, se erguía pletórica y gloriosa dentro de mi boca. Fui entonces consciente de las dimensiones del miembro. Ya antes, entre la niebla de mi semiconsciencia, turbada por las contradicción de mis deseos, había observado que aquello en erección debía resultar el mayor miembro que había conocido hasta entonces. Le calculo que mediría alrededor de 20 o 21 CMS, pero reales. En mi experiencia con los hombres, he llegado a la conclusión de que la mayoría no tiene idea real de lo que supone un pene de esas dimensiones. Ven películas y demás, pero supongo que pollas reales en erección, no han debido ver demasiadas, salvo quizá, en los tiempos de las reuniones de palilleros de la escuela, cuando aún no han alcanzado estas su pleno desarrollo. Pero una mujer que ha visto a escasos centímetros de su cara, que ha tenido en sus manos, en su boca y en sus agujeros distintas pollas de distintos tamaños, más grandes y más pequeñas, que las ha sentido y comparado, ella sí sabe lo que supone.

Björm acarició mi cabecita.

-¿Sabes? No es fácil conseguir poner así una polla como la mía. Siendo tan grande, necesita mucha sangre y hay que estar muy excitado para llevarla allí en suficiente cantidad, y aún más para mantenerla.

Deseé sonreír feliz, pero no lo hice. Ni por un momento quería dejar escapar esa joya de mi boca. Me separó entonces con suavidad, pero hubo de incrementar su fuerza riendo cuando intenté luchar por seguir mamando.

-¡Tranquila, gatita! ¡Tranquila! –me calmó sonriente-. Vamos a la cama. Estaremos mejor allí.

En las veces que había estado en aquel chalet, jamás había entrado al dormitorio. Vamos, en realidad, únicamente había conocido el salón, el aseo y la cocina. Nada de la planta superior. Así que, cuando entré allí, quedé alucinada. Aquello parecía una de esas habitaciones que se ven en las películas, expresamente concebida para el placer. Colchón de agua, espejos en el techo, paredes rojas…

-Ahora déjame a mí.

Con toda la dulzura el mundo, me fue desnudando poco a poco, cubriendo mi cuerpo de besos y caricias que me transportaban al séptimo cielo. Para cuando me tuvo totalmente desnuda, mi coño era un lago.

-¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? –comentó sonriente y muy dulcemente-. Parece que tu coñito se ha derretido con mi tratamiento.

Sonreí.

-Mi coñito es tuyo, Björm. Está deseando que lo chupes y lo perfores.

-Será un placer, princesa.

"Princesa". Realmente me sentía una en aquel momento. Aquel vikingo de oro, comenzó a lamer mi clítoris mientras introducía sus dedos en mi vagina, jugando con ellos en su interior. Legó incluso a introducir alguno en mi ano y la cosa me gustó, por lo que no le pedí que lo sacara, pero sí le indiqué con mis gemidos que era virgen por ahí y que no me seducía la ida de entregarlo a algo mayor que un dedo. Él lo entendió y no buscó más. Como ya he dicho, era una verdadera máquina del amor.

Acariciando sus cabellos, aquellos lacios y rubios cabellos por los que tanto había suspirando, fui acumulando orgasmos hasta el tercero o cuarto. En realidad, nunca he sabido contar estos exactamente, pienso que soy mujer más de orgasmo continuo que de varios seguidos. Si el hombre me gusta y me lo hace bien, comienzo a orgasmar de continuo y lo único que varía es la intensidad. Al menos, es lo que a mí me parece.

Llegado un momento, separó su boca de mi gruta del amor para ascender hacia mi cara, no sin antes detenerse en mis tetas para mamar de ellas deliciosamente, arrancándome nuevos suspiros de placer. ¡Qué locura de hombre! Había nacido para dar placer a las mujeres. ¡Quien se acordaba en esos momentos de Luís o cualquier otro varón!

Llegando hasta mi cara finalmente, me miró a los ojos. Clavó en los míos aquellos zafiros suyos y me derritió de nuevo. Sonrió y le sonreí. Me besó en los labios.

-¿Quieres jugar?

-¿Jugar?- pregunté.

-Jugar.

Y yo sonreí a manera de afirmación.

-Vea por tu móvil.

Sonriente, obedecí. Imaginaba lo que tenía en mente y me gustaba. ¡Qué diferencia con respecto al resto de machos que había conocido! Björm estaba buenísimo, sabía tratarme como me gustaba, follarme de forma que me volvía loca y además era fantasioso y morboso en la cama. ¡Qué envidia me daba Elisabeth!

Volví en apenas unos momentos, tumbándome junto a él en la cama.

-Déjalo en la mesita de noche.

-¿No vamos a jugar con él?

-Todavía no.

-Bueno… vale-acepté sin entender del todo y, aprovechando que le di la espalda y me estiré para dejarlo allí, me tomó por la cintura y penetró por sorpresa. No fue un empellón brisco, sino que su polla se deslizó por mi coño cual mango de cuchillo por túnel de mantequilla. Resbaló llenándome deliciosamente y no pude evitar dejar escapar un gemido de puro placer. Había marginado que aquel miembro debía causarme dolor al entrar en mi aún estrecha vagina adolescente, y, ciertamente, algo dolió, pero no fue nada en comparación con la sensación de plenitud y profundo placer que me embargó. El pene de Björm tocó fondo en mi cueva, comenzando entonces un movimiento de mete y saca. Pasando su brazo bajo el mío, comenzó a sobar mis tetas desnudas que a él se ofrecían gustosas. Poco a poco, la cosa fue ganando en intensidad, abandonándome yo totalmente al placer y olvidándome de todo. Si en aquel momento Elisabeth hubiera llegado con mi amiga, no las hubiera escuchado entrar y, muy probablemente, si tan siquiera hubiera sido consciente de su presencia de entrar en la habitación. En lo que a mí respectaba, el mundo se había parado. Solo estábamos él, yo y nuestro placer. De ocurrir algo que hubiera hecho que tuviéramos que detenernos, tendría que haberse percatado él y sacado a mí de mi trance.

Y algo así fue lo que hizo cuando, en un momento dado, escuché un susurro que al oído me preguntaba:

-Ahora. ¿Quieres jugar?

-Sí- suspiré.

-Coge el teléfono.

Obedecí y, tomándolo, se lo tendí. Lo tomó el entonces y, sin dejar de follarme, comenzó a trastearlo.

-Toma- me dijo en un momento dado.

Sin comprender, lo recogí en mi mano y miré. La luz de la pantalla estaba encendida, en plena llamada y, en ella, aparecía un nombre de varón: ¡Luís!

-¡¿Estás loco?! –le recriminé colgando a la vez que me daba un vuelco el corazón. Cuando dijo de jugar, pensé que se refería al vibrador. ¿Qué tenía este tío en la cabeza? Desde atrás, me llego su risa.

-Tío, ¿estás colgado o qué?

-Llama a tu novio- me pidió mientras comenzaba de nuevo a taladrarme con su carencia enloquecedora.

-Pero… ¿qué dices? ¿Estás…loco?- protesté con voz entrecortada, sintiendo que el placer comenzaba a inundarme de nuevo. Paso otra vez su brazo por debajo del mío, tomando en sus dedos mi pezón para comenzar a pellizcarlo suavemente, llevándome al delirio.

-Llama a tu novio.

-Pero… ¿para qué?

-Dile que lo quieres… que lo echas de menos.

-Estás… loco.

-Hazlo. Ríete de él mientras le pones los cuernos. ¡Humíllalo!

Esa voz… ¡el muy cabrón! Tenía algo que hacía que una mujer no pudiera resistirse a sus deseos. Aunque tampoco tengo muy claro que quisiera hacerlo. Así, obedeciendo, pulsé el botón de "rellamada". Antes había colgado antes de establecer la llamada, de modo que debió Luís llegar a enterarse, pero ahora esperé, esperé hasta que descolgó.

-Hola, Lorena. ¿Qué tal?

-Hola, cariño- contesté luchando que no se entrecortara mi voz.

-Dime.

-Nada. Te llamaba solo… para decirte que te quiero.

Luís debió extrañarse, pero aún con las nieblas que turbaban mi mente y a través del teléfono, pude notar su agrado.

-Estas loca –protestó cariñoso- ¿Para eso me llamas?

-Sí… solo para eso… y para decirte que te hecho mucho de menos. Me gustaría que estuvieras ahora aquí.

Sacándome la polla de repente, Björm me obligó a bajar la cabeza hasta su polla de forma bastante brusca.

-"¡Mama!"- me ordenó con un susurro.

Sin osar discutirle, ni, menos, desear hacerlo, comencé a mamar con placer.

-¿Si? ¿Y para qué te gustaría que estuviera allí?

-"Si te pregunta por el sonido que haces al mamar, dile que tienes en la boca un chupa-chups o algo así."

-Me gustaría que estuvieras aquí… para desnudarte poco a poco…

Hablaba combinando mis frases con mis mamadas, dejando unos segundos entre una y otra para saborear aquella polla que ya adoraba, procurando que resultaran sonoras mis chupadas.

-¿Escuchas? Así, como estoy chupando este chupa-chups, te la chuparía si estuvieras aquí ahora mismo.

A la vez que decía esto, cerraba mi puño y erguía mi dedo corazón para indicarle a Björm "¡una mierda!". El muy cabrón rió bajito y me levantó, colocándome de nuevo de espaldas a él.

-¡Huuumm! –(Luís)- Suena muy bien.

Me mordió el lóbulo de la oreja y un escalofrío de placer recorrió mi cuerpo. Comenzó a follarme otra vez, aumentando ahora la velocidad y ponencia de sus embestidas gradualmente.

-¿Y tú, cariño? ¿Me quieres?

-Claro que te quiero.

-¿Cuánto?

-Mucho.

-Mentiroso.

-¡Ja, ja, ja!

-Dime cuanto me quieres.

-Mucho.

-Más.

-Mucho.

-Más.

-Mucho, mucho, mucho, mucho…

Separando el teléfono de mi oído, lo acerqué al de Björm mientras me partía de risa en silencio. ¡Qué patético se veía ahora mi novio! Al lado de Björm, era menos que un gusano. En ningún aspecto podía soñar llegarle a la suela de los talones y me descubrí a mí misma gozando perversamente con su humillación. Björm, con una sonrisa perversa, comenzó a aumentar aún más la velocidad de sus embestidas. Sus pollazos se estrellaban ahora en lo más profundo de mi útero y parecía que me iba a sacar la polla por la garganta. Me hacía daño, pero era un dolor adorable aquel y yo deseaba más. En un delirio de frenesí, fuimos cabalgando hacia el orgasmo. Desconecté el teléfono y, apagándolo, lo arrojé lejos. No sabía que le diría a Luís. Ya inventaría algo, pero ahora, el medio hombre que resultaba mi novio en comparación con la bestia que me estaba destrozando de gusto, me preocupaba tanto como la mierda cuando tiro de la cadena- perdón por usar la palabra a veces, pero es que es necesario para transmitir el sentimiento del momento-. Los embites de Björm fueron ganando intensidad hasta tornarse algo realmente brutal. Mi teta, la que quedaba libre, ya que la otra permanecía semiaplastada contra el colchón por mi posición de lado, saltaba arriba y abajo y de mi garganta escapaban auténticos alaridos de placer. Siempre había pensado que eso era mera teatralidad de las películas porno y algunas notas, pero en esos momentos me descubrí a mismísima gritando de gusto como una loca. No era que no pudiera contenerme, ¡era que no quería contenerme! Quería estallar para gritar al mundo mi placer. Y así, entre gritos y embestidas bestiales, llegó el orgasmo de mi fabuloso amante.

Como no podía ser menos en un ser perfecto, supo sacarla a tiempo para correrse fuera y noté su semen estamparse con fuerza contra la zona lumbar de mi espalda. Acto seguido, la tensión desapareció totalmente de su cuerpo y se desplomó, si es que cabe hacerlo estando tendido de perfil, abrazado a mí. Poco a poco, fuimos recuperando el ritmo de nuestra respiración. Volviéndome, lo encaré para, sin dejar de abrazarlo, apoyar mi cabecita sobre su poderoso pecho., mientras, ya más relajada, recapacitaba sobre lo ocurrido, sintiendo como poco a poco, al igual que el placer cuando empieza a llegar, comenzaba a llegar ahora el arrepentimiento. Jugando con sus dedos en mi espalda, recogió Björm con el índice y el corazón algo de semen y lo acercó a mis labios.

-No- le dije procurando no ser desagradable-. No me gusta.

Björm los retiró sin insistir, notando por el tono de mi voz mi debacle interna.

-¿Qué ocurre, princesa?

No respondí. Una lágrima comenzaba a resbalar por mi mejilla en dirección a su torso.

-¡Mi niña! ¿Por qué lloras?

-Porque soy una guarra.

-¡Eh… eh! –exclamó dulcemente, a la vez que, tomándome de la barbilla, alzaba mi cabecita para mirarme a los ojos.

-¿No te ha gustado?

-¿Tú que crees? Nunca había sentido algo igual. Pero soy una mierda. He traicionado a mi chico, que es un tío de puta madre, y a Elisabeth y Jennyfer. Soy una guarra, no valgo nada.

-¡Eh! No digas eso –me consoló a la vez que, con toda la ternura del mundo, pasaba su dedo por mi rostro para limpiar mis lágrimas.- Tu vales mucho. Muchísimo. No digas que no vales nada. Eres una putita, es cierto, pero eso no es nada malo.

Reí sin carcajadas, con tristeza.

-Para ti es sencillo decirlo. Los chicos lo tenéis muy fácil.

-¿Y es distinto para vosotras?

-Agaché la mirada.

-Nosotras somos unas zorras cuando hacemos esto.

-¿Y?- preguntó volviendo a tomar mi carita para que lo mirase a los ojos-. Si tú disfrutas con ello, ¿qué importa?

-Claro. ¡Qué fácil es para ti decirlo!

-De nuevo eso. O sea que el problema es que soy hombre. ¿En qué quedamos? ¿Es eso bueno o malo?

De nuevo, me hizo reír en medio de mi tristeza. ¿Como podía haberle robado, siquiera por un rato, alguien tan maravilloso a la genial hermana de mi amiga? ¿Qué clase de se perverso era yo?

-Veamos; ¿te resultaría más creíble si en lugar de hombre fuera mujer?

Más risas tristes, sin carcajadas.

-¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a travestir para consolarme?

-No… precisamente eso no. Pero quizá haya alguien que pueda ayudarte.

Lo miré sin entender.

-Ya puedes entrar, cariño.

La puerta del dormitorio se abrió entonces de repente y yo me volví sorprendida para contemplar a… ¡Elisabeth!

 

CONTINUARÁ

 

Este relato, al igual que toda la saga de Lorena y el resto de los salidos de mi pluma en general, salvo "Gloria: Historia de una hembra" y aún esta en líneas generales, es una obra de ficción. La saga de la viciosa lolita, se basa en mi propia biografía, pero reservándome el derecho de alterarla, modificando, magnificando y/o añadiendo personajes y acontecimientos en beneficio del morbo. Léase más como la idea de lo que pudo ser según los morbos y fantasías, que lo que realmente fue. Muchos de los hechos relatados pues, tienen una base real, pero la mayoría han sido modificados en mayor o menor medida e incluso algunos son enteramente ficticios.

En el transcurso de este relato, envío un saludo a dos personas que siempre tendrán un entrañable lugar en mi recuerdo. Me dirijo a ellos por los apelativos con que cariñosamente los llamaban sus amigos, entre los que tuve la suerte de contarme. Nunca jamás, ni el guapísimo "vikingo" ni su preciosa "oxidada", hubieran aconsejado a una niña menor edad ciertas cosas que entenderéis a partir del próximo capítulo, cuando empezará a despertar el lado más perverso de la protagonista. He creído conveniente aclarar este punto y emplear estos pseudónimos para referirme a ellos porque, por más aclaraciones que se den, siempre habrá quien no entienda las cosas como son y no me gustaría ver empañados los nombres de las personas que me abrieron los ojos a un mundo maravilloso.

Estén donde estén, es muy probable que hoy estén leyendo los relatos eróticos de esta y otras páginas, incluido este, así que, desde aquí, quiero mandarles un beso grandísimo. Para siempre quedarán en el recuerdo aquellas tardes y noches leyendo los relatos de la entrañable "LIB" y, años mas tarde, "Clima". Estéis donde estéis, os quiere

 

 

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