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LA PRIMERA VEZ DE CLARA 2 Roberto estaba relajado y feliz, al contrario que Clara que estaba algo enfadada. Enfadada y muy excitada a la vez. Había hecho que un hombre se corriera en su boca. Cuando fue a recriminarle a Roberto que no hubiera parado, él la miró, sonrió y bajó hacia las profundidades recién rasuradas de Clara. Abrió sus piernas y se arrodilló ante ella levantándole la falda. Suavemente comenzó a darle besos en los labios de la vagina aún vírgen, a lamerlos, a chuparlos. Clara abría instintivamente las piernas todo lo que podía y sin darse cuenta estaba asiendo la cabeza de Roberto y apretandola contra su coño mientras la lengua de su novio navegaba por sus adentros. Era una sensación nueva, distinta. Sí, hasta ahora había tenido buenos orgasmos provocados por los dedos de Roberto, pero esto era aún más prohibido. Ella había comido de él y ahora él bebía de ella. Ese pensamiento la excitaba aún más. Pronto llegó el orgasmo. Fue violento, muy largo, sin límite. Apretó la cabeza de Roberto contrá su coño, lo atrapó con sus piernas. Roberto apenas podía respirar y trataba de separarse un poco de Clara para, al menos, dejar libre su nariz. Clara liberó de una de sus manos la cabeza de Roberto. Comenzó a explorar las sensaciones que su cuerpo le ofrecía. Experimentó con sus pezones que estaban duros, los pellizcaba y se excitaba aún más. Se le pasó por la cabeza la idea de que Roberto se ahogaría con sus efluvios si seguía así. Bajó la mano a su coñito. Sus dedos empezaron a hacer trabajo de equipo con la lengua de Roberto. Era la primera vez que ella misma se tocaba, nunca se había explorado a sí misma. La intensidad subió y los gemidos se transformaron en gritos. Sus dos manos volvieron a asir la cabeza de Roberto con fuerza sobrehumana. Todo había terminado. Clara estaba jadeante y sudorosa. Roberto también, pero después de esto su pene estaba erecto. La imagen de su virginal novia jadeante, excitada, le había devuelto la vida a su miembro tras la felación que Clara le había hecho. Penetró a Clara. Apenas sintió dolor. Su cabeza estaba en otro mundo. Ahora otra embriagadora sensación se apoderaba de ella. Nuevos placeres la recorrían como una corriente eléctrica que salía de sus paredes interiores extendiéndose por todo su cuerpo hasta hacer que se le durmieran los dedos de los pies. Para Roberto aquel no era un polvo más. No se puede decir que amara a Clara, que por otro lado tampoco era demasiado bonita. Pero estaba poseyendo a una vírgen. Eso era el más potente afrodisíaco que había probado nunca. Además había descubierto en Clara una amante entregada, complaciente y con mucha iniciativa. Sí, Clara tomó las riendas. Expulsó a Roberto de sí y se sentó encima de él. Comenzó una dura cabalgada con el pene de Roberto introducido hasta el fondo. Él pasaba sus manos por sus pequeños senos, lamía sus pezones y se dejaba hacer. Las llevó hasta las nalgas de Clara, redondas, preciosas. Las apretaba con fuerza explorándolas hasta encontrar el agujero. Luchó por tocarlo, pero Clara no paraba de botar sobre él y era difícil. Ella se dio cuenta de sus intenciones. - No, eso no. Ahora ella llevaba las riendas, no dejaría que pasara como cuando Roberto la ahogaba con su semen en la boca. Pero ese ardor volvió a aparecer. El mismo fuego que la sacudió cuando se tocó los pezones y su clítoris ella misma. El dulzón aroma de hacer algo prohibido. Tal vez lo más prohibido. Su cara se tornó carmesí de la excitación e inclinando su cuerpo falto de voluntad hacia Roberto, permitió a éste acceder a lo prohibido. El dedo de Roberto penetraba en un oscuro pasillo donde nunca había estado nadie. Ni siquiera él, que estaba siendo el primero para todo. Sus dedos habían navegado por todos los mares de Clara, pero no por aquel. Clara llegó al orgasmo nuevamente. Saltó del cuerpo de Roberto para ir a parar bocaabajo sobre uno de los brazos del sofá. Su pelo caía despeinado por su cara llena de sudor. Jadeaba con la boca abierta sin poder casi hablar, pero sacó fuerzas para unas pocas palabras. - Vamos, ¿a qué esperas? Roberto aún estaba sentado, observando a su novia. Aquel culo maravilloso que había descubierto que existía cuando Clara montaba sobre él, se le ofrecía como un dulce irresistible. Su pene duro y enrrojecido imploraba por entrar otra vez en Clara. La invitación no fue rechazada. Clara abrió sus nalgas con las manos para recibir a Roberto que de una sacudida la penetró. No consiguió que su pene entrara entero. El oscuro agujero de Clara era estrecho. Roberto era un chico experimentado, pero también era su primera vez penetrando un culo. Embistió con más fuerza a Clara como un rompehielos en el Ártico desgarrándola como un como un cuchillo. La embestía una y otra vez. Clara lloraba y gritaba. El dolor era horrible, como si el pene que tenía dentro la fuese a hacer reventar. Pero el fuego volvía otra vez poderoso. Clara ya sólo pensaba en sí misma como instrumento para dar y recibir placer. Eso también es placer. La sensación que la invadía ahora era un orgasmo al que no se podría llegar nunca, pero que irradiaba calor, violencia y placer con la fuerza de un sol en verano. Roberto llegó al orgasmo con una violenta penetración que introdujo por fin su miembro entero en el cuerpo de Clara. Ella cerraba los puños con fuerza mientras jadeaba apretando los dientes. Las lagrimas le caían a borbotones de los ojos. El pene de Roberto la abandonó, sintió por un momento como el aire entraba por su ano al descubierto. Su agujero se cerró y el semen que Roberto había depositado en él salió a manchar el sofá junto con finos hilos rojos de sangre. Así fue la primera vez de Clara. Roberto y ella rompieron poco después, pero lo que aprendió con él marcó la mujer que es hoy. FIN
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