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Seguimos así un rato comentando la situación como si no fuera con ella. El grupo parecía haberse silenciado. Seguramente en ese momento los 4 me odiaban con todas sus fuerzas. No nos quitaban el ojo de encima.
Yo por mi parte tampoco podía apartar mi vista de Charo (así se presentó). Especialmente de sus pechos. Con el agua la tela amarilla del bikini era casi transparente y se ajustaba a las curvas más mínimas de su cuerpo. Esto exponía sus pezones a mi vista sin más velo que una transparencia amarilla, que los hacía aún más apetitosos.
O conseguí que no se me notara o ella fingió no notarlo, el caso es que seguimos en el agua charlando animadamente, mientras yo recorría su piel con mis ojos. Con el agua por la cintura no se me notaba mucho, pero estaba totalmente empalmado, así que disimuladamente, bajo el agua, empleé el viejo truco de descubrir el capullo, dejándolo expuesto sin piel al frío del agua. Hizo efecto, y cuando estuvo más normal, le dije que me iba a salir, que si quería que esperara y la acompañara.
- No te preocupes.- me dijo- Parece que están mucho más tranquilos.
Eché un vistazo comprobando que era así, y me despedí con un gesto, saliendo del agua. Creí notar sus ojos verdes en mi trasero, pero me dio vergüenza volverme para comprobarlo. Si comprobé las furibundas miradas que 4 pares de ojos me dirigían desde la orilla.
Era mediodía, así que giré la toalla 90 grados, para que mis pies apuntaran hacia el sol, y disfrutar así mejor de sus rayos. Me senté mirando hacia la orilla mientras me secaba, para no mojar el libro. Ella siguió en el agua un par de minutos y finalmente salió. Al pasar junto a los revoltosos no hubo ningún comentario.
Me sonreía abiertamente mientras regresaba a su sitio y me hizo un gesto de que parecía que todo estaba bien, al que contesté sin levantarme con un amago de reverencia.
Yo me había puesto las gafas de sol, por lo que me permití recrearme la vista. Su piel tostada brillaba perlada de gotas de agua. Su caminar felino parecía estudiado para volver locos a los hombres. El top del bikini, poco más que un cordel y dos cintas, le cubría una banda en cada pecho del ancho justo de las areolas de los pezones. Pero estos eran perfectamente visibles a través de la delgada y húmeda tela. Sus pechos rebosaban la silueta de su torso. Conté sus costillas, apenas insinuadas por encima de su plano vientre. Y el tanga era un mero adorno. Mojado como estaba me permitía ver que se depilaba completamente, y que no solía hacer nudismo, al menos no del todo, pues la piel de su pubis no estaba tan morena como la del resto del cuerpo.
Todo tranquilo.- me dijo mientras se sentaba.
Encantado de haberte ayudado.- contesté.
No quise parecer un aprovechado, y como ya estaba casi seco decidí volver a sacar el libro, tumbarme y seguir leyendo. Tumbado boca abajo como estaba la veía de reojo a dos metros escasos de mí secándose a conciencia.
Cunado terminó de secarse giró la toalla, como había hecho yo anteriormente, para aprovechar mejor los rayos del sol de mediodía, y se tumbó a tomar el sol, con su cuerpo alineado con el mío. Sus pies quedaban a un metro escaso de mi cabeza, y aprovechando que no me veía volví a recrearme contemplándola.
Tenía los pies cuidados. Sus pálidas plantas no presentaban durezas ni callos, y sus uñas aparecían arregladas. Con sus largas piernas entreabiertas pude apreciar que estaba muy morena (también la cara interna de sus muslos). El monte de Venus aparecía abultado y su sexo, sólo velado por la transparente tela húmeda, se dibujaba con bastante detalle en los pliegues del tejido. La tela de nuevo se ocultaba entre sus prietas nalgas. Por encima de eso sólo veía sus pechos, ahora ingrávidos, y más allá el lejano horizonte de la silueta de su mentón. Yo creo que ni siquiera a las mujeres que me había follado hasta aquel día las había contemplado con tanto detenimiento.
Noté una nueva erección, y me concentré en la lectura para que pasara. Cuando pasó, me puse boca arriba y seguí leyendo, tratando de olvidarme que Charo estaba allí, y consiguiéndolo.
Solo fueron unos minutos.
-Juan…
Charo me llamaba. Volví la cabeza para confirmarlo. Tardé unos segundos en contestar, mirándola. Estaba sentada, con el libro a un lado. Sus piernas cruzadas por los tobillos, como una piel roja, lo que le hacía tener los muslos muy abiertos. La minúscula tela del tanga era insuficiente en esa postura para contener los pálidos, carnosos y abultados labios mayores de su sexo, que quedaban prácticamente expuestos. Fueron unos segundos, quizá solo la fracción de un segundo, pero imagino que mi mirada y mi silencio fueron inadvertidamente elocuentes, e involuntariamente dejé claro porque tardaba en contestar.
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