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Vestía una camiseta de tirantes y un pareo, ambos de color amarillo vivo, como el pequeño bikini que se adivinaba debajo de ellos. Calculo que mediría 1,68, no muy alta, pero su piel morena encerraba unas formas de locura. Pechos grandes, sin exageración, y firmes como torres, piernas delgadas y bien formadas. El cabello rubio recogido con una cinta. Gafas de sol. Ligeramente maquillada. Desde donde yo la veía no podía saberlo aún, pero le imaginaba un trasero de esos que parecen que los estén sujetando desde arriba (más tarde comprobé que no me había equivocado). Una preciosidad. Y conforma se acercaba apreciaba también los rasgos suaves y perfectos de su cara. Tendría unos 30 perfectos años.

Los chavales le silbaron y le dijeron algunas estupideces. Nada insultante, pero en su conjunto la situación debía ser muy desagradable para ella, un poco humillante. La miraban como para comérsela.

Pareció no importarle, y siguió caminando hasta encontrar su sitio justo a la delante de mí. ¡Era mi día de suerte! Aquel bombón se puso a escasos tres metros a mí izquierda, extendió la toalla y se preparó para tomar el sol. No se desnudó enseguida. Solo se quitó al principio el pareo. Yo no quise molestarla mirándola, pero no podía evitar echar vistazos clandestinos a aquel cuerpo de ensueño.

El bikini era un pequeñísimo tanga. Por delante apenas llegaba a ocultar el abultado pubis. Por detrás permanecía medio oculto por sus turgentes nalgas, y solamente pude ver la cinta completa cuando se agachó a guardar el pareo en la bolsa. En esta postura podía ver como sus labios mayores asomaban por los bordes del tanga, y como la fina tela elástica se ajustaba a los pliegues de su piel, sin dejar nada para imaginar.

Los chavales se habían movido. Se habían sentado delante, algo alejados en la orilla y aunque ya no daban voces ni silbaban la miraban descaradamente. Ella se sentó en la toalla y se quitó la camiseta. No podía creer lo que veía. Sus pechos eran perfectos, grandes y firmes. Desde la orilla los chavales se volvieron a hacer notar involuntariamente, al comentar entre ellos. Podía entenderlo. Aquellas tetas eran las mejores que había visto jamás. Pensé en que debían ser operadas (luego supe que no). Buen tamaño, sin exageración. La estrecha franja de tela del bikini no llegaba a sujetarlos, pero tampoco lo necesitaban. Eran como dos músculos perfectos, que solos se mantenían erguidos. Las areolas de sus pezones asomaban por el borde del sujetador del bikini, y se entretuvo en ajustarlo para ocultarlas. De nuevo nos llegó el rumor de los comentarios en la orilla. Noté que ella también los oyó en que se detuvo de golpe, no siguió desnudándose. Comprendí que hubiera decidido no continuar excitando a aquellos 4. Además, debe ser muy incómodo estar desnudo siendo el blanco de los comentarios de un grupo de personas.

Sacó un libro, se tumbó y comenzó a leer. Estaba preciosa. Abstraída en la lectura parecía aún más guapa, con un aire entre inocente e intelectual. Con sus ojos en el libro no veía a aquellos 4 que babeaban incansables. Intenté hacer lo mismo, sin conseguir olvidarme de que ella estaba allí, sin conseguir concentrarme en lo que estaba leyendo, y sin dejar de echar involuntarias y subrepticias miradas a aquella diosa.

Era mediodía. Empezaba a hacer calor y decidí irme a bañar. Procuré no mirarla siquiera al hacerlo (a pesar de años de práctica del nudismo me sigue dando un poco de vergüenza levantarme desnudo, y mucho más junto a aquella preciosidad que me hacía sentir feo y ridículo). Pasé junto al grupo de chicos, que seguían sin quitarle el ojo de encima. Les ignoré, como ellos a mí, y me metí en el agua.

No soy gran deportista (un poco sí) pero me gusta nadar en el mar. Nado mar adentro, descanso, regreso y vuelvo a descansar. Así varias veces. Cuando ya iba a salir, después de mi último largo de regreso, noté que ella se había levantado y se dirigía al agua, por lo que me detuve y me dispuse a recrearme la vista. Sus pasos eran lentos y felinos. Cada movimiento era suave y decidido, como si lo hubiera estudiado previamente. No miraba a ninguna parte, miraba al infinito, pero con la dirección que llevaba el infinito creí ser yo.

Entre el grupo de chicos volvieron los silbidos y los comentarios en voz alta. De nuevo nada insultante, pero de nuevo la situación me pareció humillante y muy desagradable.

Ella los ignoró y empezó a meterse en el mar despacio (el agua estaba fría para esa época del año). Vi que dos de los chavales se levantaban y supe lo que iba a pasar. Dos cortas carreras y dos grandes saltos, uno a cada lado de la diosa y dos grandes nubes de espuma la salpicaron cuando ellos se lanzaron al agua. Unas carcajadas desde la orilla hicieron aún más desagradable la situación.

No tengo vocación de caballero andante (aún menos cuando estoy en pelotas) pero no pude aguantar más y me decidí a ofrecerle una tabla de salvación. Ella seguía intentando ignorar la situación, pero claramente le resultaba cada vez más difícil.

Mientras los chicos salían del agua, me acerqué a ella y le hablé:

-Te están dando la mañana, ¿no?-

Ella me sonrió:

-Estoy acostumbrada, pero ya empiezo a cansarme. Son muy pesados y muy insistentes.

- ¿Necesitas algo?

- No te preocupes. Seguramente acabe marchándome pronto. Ya vendré otro día más tranquilamente.

 

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